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“Abuela Naná.

Historias con finales felices.”

Autor: Iki.

 

Abuela Naná siempre nos recibe con un beso bien fuerte en una mejilla, y al despedirnos lo hace en la otra.

Abuela Naná tiene finos cabellos largos que mi hermana le encanta peinar formando trenzas. Su peinado preferido es una larga trenza que rodea su cabeza como una corona. También le encanta usar una cofia de delicados detalles en tul.

Le encanta usar ropa de algodón y cuando la abrazamos, es tan suave, como su corazón.

Mientras esperamos que nos abra la puerta comenzamos a sentir ese rico olorcito a panadería.

Al permitirnos ingresar a su hogar sentimos calidez inmediata. Como si toda la casa también nos diera la bienvenida. “Póngase cómodos chicos, que ya les traigo las galletitas”.

Nos sentamos en los silloncitos prolijamente cuidados a pesar de los años. Son de los más cómodos que conocí.

Le gusta preguntar qué tal nos va, cómo nos sentimos y se entretiene mucho con nuestras anécdotas.

Ella, a su vez, nos cuenta de las travesuras de “La Bandada”: un trío de pájaros que la visitaron un día y decidieron quedarse como huéspedes permanentes.

El chocolate se derrite en la leche caliente como nacimiento de una galaxia. Una vez que la taza tiene su contenido listo, tan rico y nutritivo, algo súper genial comienza a ocurrir: nos preparamos para escuchar las historias fantásticas de la Abuela Naná.

- Sucede que me tiro a la pileta y me hundo. No, ¡no puedo hacerlo!

- Nietita querida, ¿de verdad te entusiasma la idea de aprender a nadar?

- ¡Sí! Me gustaría poder participar de los juegos acuáticos pero tal vez ya estoy demasiado grande para aprender.

- Oh… como lo intentaste y no lo conseguiste tan pronto como pensabas, sientes que no es para ti.

- ¿Y lo es?

- Sírvanse estas galletitas que están listas, y mientras esperamos que se terminen de hornear las otras les contaré sobre Pato, el caminante…

Érase una vez un patito que se había acostumbrado a caminar. Todos sabían que era el caminante más rápido pero pocos sabían que tenía un secreto que trataba de esconder lo más posible: no sabía nadar ni un poquito.

Cierta vez llovió tanto que las calles alrededor de su hogar se anegaron. No podía salir sino nadando. Ahí se dio cuenta de lo mucho que le hubiera servido saber nadar.

“Vecino señor Pato El Caminante, ¿por qué tiene esa cara tan triste?”

“Tengo hambre y todo este lago no me deja salir”

“Pero sólo inténtelo, ¡no puede quedarse así! ¿Acaso no sabe nadar?”

Pato El Caminante no se animó a responder. Su vecino comprendió lo apremiante de su situación y le ayudó proveyéndolo de víveres hasta tanto se restablecieran las calles a su estado original.

Cuando eso ocurrió, su vecino le dijo: “Señor, usted debe saber que estoy dispuesto a ayudarle pero habrá de reconocer que si usted tiene la chance de solucionar el inconveniente por sí mismo sería un gran avance para su propio crecimiento”.

“¿Pero cómo? Todos se burlarán de mí si se enteran…”

“No llene con más inseguridades su mente, caballero. Si usted no pudo aprender por el método tradicional, pruebe alguna alternativa que lo encamine”.

“¿Encamine? ¿Caminar?”, se preguntaba el pato. ¿Qué podría servirle?

Al otro día se encontró con una bicicleta en la puerta de su casa.

“Señor vecino, ¿usted dejó esta bicicleta en mi casa?”

“Sí señor Pato El Caminante. ¡Con esa bici usted aprenderá a nadar!”

Y así fue que pedaleando y pedaleando, Pato El Caminante entrenó aún más sus patitas para fortalecerlas para el nado, y sus alitas buscando equilibrio le ayudaron para practicar pequeñas brazadas.

El extraño método no convencional de su vecino funcionó, y progresivamente fue probando nadar hasta que consiguió hacerlo maravillosamente bien.

- ¡Uau! ¿Eso significa que debería comenzar entrenando mis músculos antes de lanzarme al agua? ¿Como hacer que nado en el aire? ¡Ah! ¡Danza con brazadas!

- Claro pequeña, buen ejemplo. También sentándote en un borde y pataleando. Tu profesor o profesora te explicará cómo flotar. Lo importante es que prestes mucha atención a sus indicaciones. Y si tardas más tiempo en lograrlo, no te abrumes, que lo relevante es que aprendas bien.

Ahora, si me disculpan, voy a sacar las galletitas del horno.

CAPITULO II

- ¡Estas galles están muy ricas! ¡Muchas gracias Abuela Naná!

- ¡Pío pi, pi, pi, pío, pi!

- ¡Abuela! ¿Se ha convertido en pájaro?

- Aquí vengo con la bandeja. Lo que escucharon habrá sido lo que me contaba Picotero. Gracias nietito querido por tu agradecimiento. Me alegro que les gusten estas galletitas. Ahora les contaré qué me decía él: era sobre quien aprendió a hamacarse, primero probó imitando y después tuvo que animarse.

- ¿Cómo es eso Abuela Naná?

- Contaba Picotero que…

 

Una vez, en su paseo por la plaza vio que un niño anhelaba jugar en la sección de hamacas pero él estaba acostumbrado a sentarse y que sus padres o tíos lo balancearan. A él le gustaba pero se le veía que tenía ganas de hacerlo por sí mismo. ¿Pero cómo lo haría? Vio cómo jóvenes se sentaban y cómo se balanceaban propulsados por las piernas y sujetándose con las manos. ¡Con la observación aprendió la técnica! Así estuvo un buen rato, pero seguía sin dar el paso siguiente. Picotero se puso sobre la hamaca y trató de animarlo. El niño se sentó en el columpio de al lado y se sujetó con las manos. Veía cómo otros chicos iban a un lado y a otro, entonces… Picotero se subió a su cabeza y como pájaro carpintero le insistía a que se anime a columpiarse. No le quedó mucha opción, ¡el también quería divertirse! Los imitó y finalmente ¡se animó! Al principio casi se cae de rodillas, otra, de espalda. ¡Pero aprendió con la práctica! Le gustó tanto que les pidió ayuda a los familiares para hacer un columpio en su propia casa.

 

- ¿Y todo eso le dijo con ese piar?

- Los pájaros tienen una asombrosa capacidad de síntesis en su piar… la cuestión está en poder entenderlos.

CAPITULO III

- A ver mis lindos nietitos, pásenme esos paraguas que los dejo por aquí y ustedes póngase cómodos que está a punto de salir un bizcochuelo que, parece, será de los más apetitosos.

Aquel día comenzó con una garúa que se transformó en una profusa lluvia.

La abuela, aunque llena de achaques, parecía muy contenta por la visita a pesar del clima desfavorable.

- ¿Desfavorable? ¿Por qué, querido nieto mío, piensas que es desfavorable un día de lluvia?

- ¡Es que no se puede jugar a nada!

- ¡Es una tristeza! ¡Esta noche ni las estrellas se podrán ver!

- Ah… eso lo dicen porque no conocen acerca del contador de estrellas…

Había una vez un contador de estrellas que cada noche iba llevando la cuenta. Vivía, como se imaginarán, en una zona con cielo permanentemente despejado. Pasaba sus días con este entretenimiento hasta que le avisaron que tendría que mudarse a la casa de un pariente que necesitaba ayuda con cuidados.

Este pariente vivía en una zona muy lluviosa y él se apenaba porque ya no podría seguir con su pasatiempo.

El pariente, que lo veía desanimado, le propuso participar de unos juegos de mesa. También jugaron al dígalo con mímica, al veo veo, y más.

¡Qué bien la pasaban! ¡Qué carcajadas!

Entonces le dijo: tú, que te dices contador de estrellas, recuerda que en la tierra también existen y son las sonrisas sinceras.

Y así, el contador de estrellas fue contando las sonrisas, reflejo de la luz proveniente del corazón de los seres con los que se encontraba.

“¡Riiing!”

¡Ah! La alarma nos avisa que el bizcochuelo ya está listo.

CAPITULO IV

Era un día soleado y el jardín reverdecía. La Abuela Naná nos recibió con su afectuoso saludo y nos invitó a pasar.

- Los escuché discutiendo, ¿qué anda ocurriendo?

- ¡Él empezó!

- ¡No es cierto!

- ¡Que sí! Yo sólo dije que soy una experta saltadora de soga y que con eso no necesito jugar al vóley.

- ¡Eso porque tú sabes bien que te gano!

- Bueno chicos, tranquilícense. Será cuestión de gustos. Hoy les voy a pedir que me ayuden ovillando estas madejas. Con estos hilos de algodón…

- ¿Va a hacer peluches?

- ¡Y de los más simpáticos!

- ¡Genial!

De repente entró en escena Piquín y tomó una hebra llevándosela bien lejos.

- Con este Piquín tenemos que estar el doble de atentos, ¡le encanta llevarse los hilos!

- ¿Para qué los quiere?

- Sospecho que querrá hacer algún nido excéntrico para atraer la atención de…

- ¿De quién?, ¡¿de quién?!

- ¡Ah! ¿No les conté la novedad? Conoció una paloma…

Resulta ser que pasando los álamos, cerca de robles y acacias, se paseaba muy elegante una preciosa paloma. Un bello ejemplar que, para asombro de las demás aves, tenía la peculiaridad de cantar increíblemente bonito. Mirlos y ruiseñores debatían preguntándose cómo había adquirido esa asombrosa característica. "Imposible, no puede ser" solían repetir. "Técnicamente no puede ser posible", los más cautos observaban con gran sospecha el caso. Tal vez no era paloma, quién sabría con certeza... aunque se parecía mucho a una, no se sabía muy bien su origen. Se decía que su nido voló tras un fuerte vendaval, que luego fue rescatada tratando de caminar. Para cuando se hizo grande, comenzó a vivir entre los árboles. ¡Cómo le gustaba cantar! Pero lo hacía sólo desde el pasto.

Cuando la vio Piquín, quedó prendado. ¡Qué belleza de ave! Pero, ¿por qué no cantaba desde un sitio más alto? Es que… acaso… ¿no sabía volar?

En cuanto pudo se lo preguntó pero ella se hacía la ofendida. Caminaba en dirección opuesta y parecía un pavo real al que sólo le interesaba mostrarse cantando por el suelo.

A Piquín le costó mucho acercársele, pues ella corría a otro sitio, y así.

Hasta que un día, ante un peligro que la acechó, Piquín salió a su rescate y notó que ella no sabía volar.

- Querida Paloma, esta vez al meternos dentro del huequito de este tronco logramos que nos perdiera de vista aquel gato pero no siempre podremos tener un árbol como este. ¡Tienes que volar!

- Pero no quiero, no me interesa. Mi pasión pasa por cantar.

- Al menos, ¿qué te parece si aprendes a volar y así puedes salvarte en caso de emergencia?

- Está bien, ¿te animas a enseñarme?

Le llevó su tiempo....primero aleteaba torcido. Cuando quería aletear sólo una alita lo hacía. Probaba con la otra, pero en simultáneo con ambas no podía. Intentó muchísimas veces y se cansaba bastante. Probó varios días. Piquín a veces perdía la paciencia, pero tenía convicción que era posible que aprendiera. Paloma estuvo a punto de desistir en varias oportunidades. Hasta creaba excusas para evitar continuar intentándolo. Pero Piquín era perseverante y buscaba la manera de entusiasmarla, diciéndole todos los sitios a donde podría llegar volando. Entonces Paloma retomaba el entrenamiento. Saltaba de una baldosa a otra baldosa. Saltaba desde una piedra más alta. Buscaba un tronco e intentaba tener equilibrio caminando en él. A veces hasta tenía público: muchos pájaros se preguntaban si podría conseguirlo. Algunos la alentaban, otros le decían que tenía que intentarlo de otra manera. Cada vez Paloma sentía que tenía más confianza, porque, ¡después de tanto tiempo…algo tendría que poder volar, aunque sea un salto muy alto! Hasta que finalmente lo pudo hacer. Intentó abrazar el aire... y se elevó, desplegó sus alas bailando sobre el paisaje, ¡y se puso muy contenta! ¡Ella aprendió! ¡Y le encantaba volar y volar! ¡Se puso contentísima de saber que había aprendido algo nuevo!

Piquín suspiraba, y se decía que ella era un caso excepcional, las aves estaban admiradas.

Allí ella comprendió que una cosa no quitaba la otra y que podía disfrutar de sus dos habilidades.

- Abuela Naná, ¿usted cree que yo podría mejorar jugando al vóley?

- Podrías intentarlo, ¡y tu hermano tendría con quien jugar!

- ¡Pero no le voy a dejar ganar eh! Si gana, que sea por mérito propio.

Y rieron mientras Piquín picoteaba una nueva hebra.

CAPITULO V

Aquella tarde Abuela Naná se encontraba muy entretenida tejiendo una inmensa colcha de varios colores.

- Abuela Naná – preguntó mi hermana mientras me pasaba uno de los frascos que tenían frutos secos - ¿no le aburre hacer todo eso? Debe llevar tanto tiempo…

Abuela Naná sonrió, estiró los brazos, las manos y los dedos. Limpió sus lentes y suspiró.

- ¿Sabían que para poder comer esas nueces, avellanas, almendras y demás, pasaron muchísimos años desde que se plantaron sus respectivos árboles hasta que dieron fruto?

- ¡Y están riquísimos!

- ¿Se imaginan si a los árboles les diera cansancio y porque les llevara mucho tiempo dejaran de deleitarnos con estas exquisiteces?

- ¡Mejor ni pensarlo!

- ¡Picachón! Por favor, indícales el frasco donde está el mapa.

- ¿Un mapa?

- ¿Qué mapa?

Un pajarillo sobrevoló la sala y se paró sobre un cofrecín de varios colores. Picoteaba la tapa, indicándonos para abrirla.

Me levanté, me acerqué a la pequeña mesa baja donde se encontraba y lo destapé con cautela, hallando en él un frasco. Dentro de él había un papel muy plegado que se lo pasé a mi hermana.

Ella desdobló el papel con mucho cuidado y observamos estupefactos.

- Es un mapa con instrucciones para llegar al cofre.

- ¿Qué cofre? – preguntamos a dueto.

Entonces Abuela Naná comenzó a contarnos la historia del cofre del tesoro hogareño:

... Cuando me mudé a esta encantadora casita me dispuse a limpiar de arriba abajo. ¡Que no quedara rincón sin arreglar! Que cada objeto tuviera su lugar. Orden por aquí, orden por allá.

Muchas veces el ordenar tiene sus recompensas y a mí se me presentó en forma de un cofre chiquito colorido. El que tienen ante sí. Seguí al pie de la letra lo que decía en el papel. ¡Qué grande fue mi alegría cuando lo vi! ¿Podrán ustedes descubrirlo?

- ¡Por supuesto! – dijimos envalentonados y recorrimos la casa.

Era un mapa que tenía marcados, con varios colores, diversos puntos de las casa. No entendíamos bien qué querían señalar. Las referencias estaban algo borrosas, algunas incompletas, así que muchas cosas las tuvimos que deducir. ¿Dónde podría estar el tesoro?

Bajo el sofá... una pelota roja que tenía escrita la frase "donde hay naranjas"... En la primer puerta de la alacena... envuelto en servilletas naranjas un papel que decía "más adelante y sobre el mar"... Nos fijamos detrás de un cuadro donde se veía un sol sobre la pintura del mar. Había un papel de diario muy rugoso amarillo. Tenía unas hojas. Nos volvimos a fijar en el mapa, justamente en ese lugar estaba marcada una referencia en color verde. También dibujadas aparecían como huellas las hojas que nos llevaban hasta una mesita. Nos dirigimos hacia allí. Había una estatuilla bajo la mesita. Miramos el mapa... había una estatuilla verde, sí, se trataba de lo mismo que habíamos encontrado... Además, junto a ella había un pañuelo de seda de color celeste que envolvía una cartulina... Mi hermana rápidamente me preguntó si era azul. Sorprendido, le dije que sí, que había acertado el color. Le pregunté cómo se había dado cuenta.

- Es que noté que no sólo son objetos varios que tienen diferentes texturas, ¡sino que tienen hasta los colores del arco iris!

- ¡Es cierto!

Intentamos encontrar en el mapa algo que nos pudiera guiar con la cartulina azul.

Fuimos de una punta a otra de la casa. Ese mapa nos hizo buscar por todas partes.

Nos sentamos junto a Abuela Naná y tomamos unos sorbos de agua. Al alzar la cabeza noté que "La Bandada" estaba sobre unos cuadernos azules.

- ¡Claro! Eran cosas de librería! - exclamé.

Nos acercamos al escritorio donde estaban. A mi hermana le pareció extraño que hubiera una tela entre tantas cartulinas y papeles. Tomó el retazo de terciopelo y dijo:

- ¡Qué linda textura tiene esta tela!

Alcé ese retazo, advertí que era violeta, como el punto señalado en el mapa. Al levantarlo reveló una piedra... transparente. Pensamos mucho, ¿qué significado tendría todo aquello? Miramos el mapa y notamos que había un sitio con varias figuras de diferentes formas, de varios colores. Llegamos a la conclusión que ¡era un sitio donde hallaríamos muchas piedras! Hacia allí fuimos.

El mapa mostraba una lupa, lupa que estaba sobre un estante. La usamos para observar el ambiente y con ella vimos unas flechitas marcadas en el suelo que nos fueron indicando hasta un mueble...

“La bandada” se mostraba alborotada, tal vez se preguntarían si lo lograríamos. Hasta que llegamos a un armario lustradísimo de cedrón, cuyos bordes estaban decorados con diferentes tipos de piedras de todo tipo de colores. En una de las puertas había un cuarzo, muy parecido a la piedra trasparente que habíamos visto antes. No lográbamos abrirlo.

- ¿Has probado girando la perilla hacia la izquierda? - mi hermana quería comprobar rigurosamente que nada se nos pasara por alto.

- Sí, pero tampoco funciona girándola hacia la derecha. ¿Será que la perilla es sólo decorativa? le respondí.

- ¡Pero de algún modo debería poder abrirse! ¿Dice algo más el mapa? ¿Qué pistas tenemos que nos puedan ser útiles?

- Mmm... algo nos está faltando, ¡pero creo que ya lo recorrimos todo! Mmm hermana mía, ¿y ahora qué?

- ¡Ya sé! La piedra transparente, tal vez hay que agregarla allí.

- ¡Ah! ¡Podría ser! Debe ser cuarzo como el cuarzo del mueble. Aquí te paso la piedra.

Entonces mi hermana encastró la piedra junto al hueco que había próxima a la otra y entraba perfecto. Empujó un poco más y se escuchó un "crac". Después, suavemente comenzaron a moverse las puertas del mueble. Será que tenía un motor dentro que las abría, no lo sé, desconocíamos que algo así pudiese llegar a existir, era la primera vez que dábamos con un mueble tan curioso. ¡Estábamos fascinados!

Por dentro era todo de terciopelo, del mismo color del retazo que habíamos descubierto. De la mitad para abajo había un compartimiento grande con un cerrojo. Sobre el mismo había una balanza, inclinada hacia el lado donde había una llave. La quisimos levantar pero estaba pegada.

- ¿Y cómo vamos a hacer? - preguntó bastante inquieta mi hermana.

- ¡Ah! Creo que se me ocurre qué. ¿Todavía tienes la pelota?

La colocamos en la otra bandeja. Pero era muy liviana. Le agregamos la estatuilla, las hojas, el papel arrugado, y así fuimos agregando los elementos que fuimos recolectando en el camino, hasta dar con el peso exacto. Cuando ambas bandejas se equilibraron, se escuchó un "¡clic!" ¡Ah! Fue maravilloso, a poco de ocurrir eso, salió de la base de la balanza un cajoncito que contenía otra llave. La tomamos y juntos abrimos el compartimiento.

¡Ahí dentro estaba el famoso cofre! Lo retiramos con mucho cuidado. Era un baúl viejísimo con bastante buen aspecto que nos llamaba a abrirlo para admirar su tesoro. ¡Lo abrimos! ¡Qué algarabía! ¡Estaba repleto de juguetes!

- ¡Qué bueno Abuela Naná! ¿Son todos tuyos?

- Son de ustedes y de todos a quienes les deseen compartir.

- Nos tomó su buen tiempo; ¡pero finalmente valió la pena!

- Me alegro mucho. A veces sucede que ciertas cosas nos requieren mucha dedicación, esfuerzo, tiempo, constancia, Pero a la larga uno puede llegar a observar sus frutos. ¡Alegría! ¡La colcha está lista!

- ¡Ha quedado genial!

- ¡Lo que es hecho con cariño se nota!

Abuela Naná siempre nos recibe con un beso bien fuerte en una mejilla, y al despedirnos lo hace en la otra. Gracias Abuela Naná.

 

Fin de la lectura.
Gracias por tu visita, ¡te invito a seguir leyendo!

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